Lo que comenzó como un viaje de emergencia para salvar a su abuela terminó convirtiéndose en una travesía por el «corazón de la precariedad» en Cuba. Luis Ernesto, un especialista en medicina nuclear residente en Miami, regresó a su natal Santa Clara tras enterarse de que su abuela requería una cirugía cerebral urgente. Lo que encontró al llegar fue un sistema de salud en ruinas, donde la supervivencia depende más del bolsillo y la audacia de los familiares que de los recursos estatales.
Desde su llegada a La Habana, la crisis de combustible marcó el tono de su estancia. Luis Ernesto relata que le exigieron 700 dólares solo por el traslado hacia el hospital en Santa Clara. Una vez en el centro médico, la insalubridad era tal que se vio obligado a pagar 100 dólares a un grupo de reclusos —quienes realizan las labores de mantenimiento para el gobierno— para que desinfectaran la sala y protegieran a su abuela de infecciones postoperatorias.
Hospitales en la oscuridad: Una sentencia de muerte
El testimonio de Luis Ernesto pone rostro a las consecuencias fatales de los apagones sistémicos en la isla:
- Mortalidad por falta de energía: El joven médico presenció cómo pacientes perdían la vida cada vez que fallaba el fluido eléctrico. Citó con horror el caso de un joven de 21 años que falleció tras horas sin luz debido a una infección agravada por la falta de condiciones.
- Infiltración para sobrevivir: Ante la desesperación y la falta de personal, Luis Ernesto utilizó su formación médica para hacerse pasar por enfermero, trabajando codo a codo con los doctores de turno para garantizar que su abuela recibiera los cuidados mínimos necesarios.
Un bálsamo entre la miseria
En un intento por aliviar la tensión y el hambre que consumían la sala, Luis Ernesto compró chocolates para repartirlos entre los pacientes y el personal. «Implanté un poco de amor para ayudarles a olvidar la miseria por un instante», relató, describiendo un ambiente donde las endorfinas eran tan escasas como los antibióticos.
El costo de hablar sin censura
Aunque la operación fue un éxito y logró sacar a su abuela del recinto en brazos, el regreso a Miami ha estado marcado por el dolor y la incertidumbre. Luis Ernesto es consciente de que su denuncia pública podría costarle la prohibición de entrada a su país por parte del régimen.
«Al subir al avión, me arrodillé y pedí a Dios que esa fuera la última vez que viera a mi tierra oprimida y muriendo de esa manera», confesó, subrayando que su compromiso con la verdad superó el miedo a las represalias.

