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El nieto de Fidel abraza el capitalismo mientras Cuba se tambalea

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En un apartamento con aire acondicionado del barrio de Kohly, mientras el resto de la capital cubana se sumía en la oscuridad de otro apagón sistémico, Sandro Castro Arteaga, nieto del difunto Fidel Castro, bebía una cerveza fría y sentenciaba el fin de una era. «Creo que la mayoría de los cubanos quieren ser capitalistas, no comunistas», afirmó al corresponsal de CNN, Patrick Oppmann, en una entrevista que ha sacudido los cimientos políticos de la isla.

Las declaraciones de Sandro, de 33 años, no solo desafían la Constitución que consagra el comunismo como «irrevocable», sino que apuntan directamente contra la gestión del actual gobernante, Miguel Díaz-Canel. “No diría que esté haciendo un buen trabajo”, señaló el joven influencer y empresario, argumentando que las reformas necesarias para evitar el actual colapso económico debieron hacerse «hace rato».

¿Mensajero o síntoma de la ruptura?

Sandro Castro, conocido por alardear de su lujoso estilo de vida en Instagram —donde acumula 140,000 seguidores—, es una figura polarizante. Su historial de videos conduciendo autos de lujo en un país empobrecido lo ha convertido en blanco de críticas tanto en la isla como en el exilio. Sin embargo, su incursión en la política internacional en este momento preciso sugiere que no habla solo por sí mismo.

En un país donde la crítica al Partido Comunista suele castigarse con el arresto —como ocurrió recientemente con la influencer Ana Bensi—, que un Castro menosprecie al líder designado ante la televisión estadounidense es interpretado por analistas como una señal enviada por los sectores más poderosos de la familia. Su propio padre, Alexis Castro Soto del Valle, ya había mostrado señales de disidencia en redes sociales antes de llamarse al silencio el año pasado.

El factor Trump y la «Torre en el Malecón»

La entrevista coincide con una fase de conversaciones extraoficiales entre el equipo del secretario de Estado, Marco Rubio, y miembros del círculo íntimo de Raúl Castro. En este tablero, Sandro se ha posicionado como un partidario de llegar a un acuerdo con la administración Trump. Incluso llegó a publicar un sketch satírico en el que negocia con una versión ficticia del presidente estadounidense, ofreciéndole la construcción de una «Torre Trump» en el emblemático Malecón habanero a cambio de «libertad y paz».

Este coqueteo con el capitalismo ha generado una reacción inmediata en la comunidad del exilio en Miami. Mientras algunos activistas denuncian la entrevista como un intento de «blanquear» el legado de la familia Castro para asegurar su permanencia en un eventual cambio de modelo, otros ven un avance táctico. «Consideren la señal: un Castro en La Habana dice que apoya una Cuba capitalista y que Díaz-Canel lo está haciendo mal. Eso es un saldo positivo», afirmó Ric Herrero, del Cuba Study Group.

Privilegios en medio del caos

El reportaje de CNN no pasó por alto las contradicciones del joven empresario. Mientras se quejaba de que «los productos no llegan» y de que la situación es «muy dura», Castro mostraba su bar EFE en el Vedado, valorado en 50,000 dólares —una cifra astronómica para el cubano promedio—, y mantenía sus luces encendidas gracias a estaciones eléctricas de alta gama inaccesibles para la población.

Con el arribo de petróleo ruso apenas funcionando como una «curita» para la crisis humanitaria, el mensaje de Sandro Castro parece ser un aviso de que, incluso dentro del clan que fundó la Revolución, la mirada está puesta en el norte. La pregunta que queda en el aire de La Habana es si este es el inicio de una transición negociada o simplemente el último lujo de una dinastía que intenta saltar del barco antes del naufragio definitivo.