Las empresas estadounidenses que buscan capitalizar la vasta riqueza mineral del sur de Venezuela se enfrentan a un dilema ético y legal sin precedentes. Tras la captura de Nicolás Maduro y el ascenso de Delcy Rodríguez como presidenta encargada, Washington ha comenzado a abrir discretamente las puertas a la inversión minera. Sin embargo, analistas y expertos advierten que este movimiento podría arrastrar a firmas extranjeras a una de las cadenas de suministro más opacas del mundo, dominada por grupos guerrilleros, sindicatos criminales y redes de corrupción militar que operan al margen de cualquier control estatal.
El reciente deshielo entre Washington y Caracas ha facilitado la emisión de licencias que permiten negociaciones preliminares para la extracción de oro y otros minerales estratégicos. Esta apertura forma parte de un esfuerzo de estabilización liderado por la administración de Delcy Rodríguez, quien busca legitimidad internacional e ingresos frescos para una economía devastada. No obstante, la realidad sobre el terreno cuenta una historia distinta: aproximadamente el 90% de la producción de oro en Venezuela es informal y se extrae en zonas controladas por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), disidencias de las FARC y bandas criminales como el Tren de Aragua.
A diferencia de la industria petrolera, que cuenta con una infraestructura centralizada, la minería en los estados Bolívar y Amazonas está fragmentada en cientos de yacimientos remotos. Cristina Burelli, fundadora de SOS Orinoco, advierte que intentar aplicar la lógica del petróleo a los minerales es un error peligroso: «La minería está controlada por actores armados que cobran impuestos y gestionan la logística mucho antes de que el mineral llegue a canales oficiales». Esto crea un escenario donde el oro venezolano, catalogado por expertos como inherentemente violento, podría ser «lavado» a través de empresas estatales para ingresar limpio a las refinerías de Estados Unidos.
El caso Trafigura: El primer contrato bajo la lupa
A pesar del riesgo, ya se han registrado los primeros movimientos corporativos. El comercializador de materias primas Trafigura, con sede en Singapur y oficinas en Houston, firmó un acuerdo con la minera estatal venezolana Minerven para adquirir entre 650 y 1,000 kilogramos de oro doré. Aunque la administración de Donald Trump ha descrito esta transacción como «histórica» y necesaria para la restauración del sector, el acuerdo ha generado un fuerte escrutinio en el Congreso de EE. UU.
El senador Ron Wyden (D-Oregón) envió una carta de advertencia a Trafigura el pasado 7 de abril, exigiendo detalles sobre la debida diligencia en derechos humanos y salvaguardas contra el lavado de dinero. Wyden recordó que Minerven estuvo previamente sancionada por financiar a grupos armados y cuestionó cómo la empresa garantizará que el oro no provenga de zonas marcadas por el trabajo forzado y la esclavitud moderna.
Un ecosistema de violencia y devastación ambiental
Expertos en seguridad como José García señalan que entrar en este mercado implica interactuar con un mosaico de enclaves criminales. En las minas del sur, la disciplina se impone mediante ejecuciones sumarias y sistemas de deuda que atrapan a los trabajadores. El costo humano es devastador: trata de personas, prostitución forzada y condiciones sanitarias precarias son la norma en túneles de hasta 70 metros de profundidad donde los accidentes mortales son frecuentes.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, Oscar Murillo de PROVEA resalta que el Arco Minero del Orinoco (un territorio del tamaño de Pensilvania) ha servido como salvavidas financiero para el régimen a costa del desplazamiento de comunidades indígenas y la contaminación de cuencas amazónicas vitales. La advertencia de los especialistas es unánime: para una empresa estadounidense, la oportunidad de acceder a minerales críticos hoy conlleva el riesgo legal y reputacional de financiar inadvertidamente a organizaciones terroristas y redes de gobernanza criminal que siguen operando intactas en la frontera minera venezolana.

