La campaña aérea estratégica de Kiev ha trasladado de forma irreversible el peso de la guerra al corazón del territorio ruso. Una ofensiva sistemática con drones ucranianos contra la infraestructura petrolera de la Federación Rusa ha desatado una crisis de desabastecimiento de combustible sin precedentes que afecta de manera directa a 50 millones de personas, lo que equivale a cerca del 35% de la población del país.
El impacto de las incursiones ha forzado el racionamiento en decenas de regiones, provocando colas kilométricas de varios días en las estaciones de servicio y alterando la rutina diaria de la población en zonas ubicadas a miles de kilómetros de la línea del frente.
La ofensiva aérea desborda los sistemas de defensa
La presión logística sobre Moscú se intensificó notablemente a partir de mayo, cuando las fuerzas ucranianas concentraron sus ataques de precisión en nodos energéticos clave. Según informes de Financial Times, la campaña de drones ha alcanzado con éxito a las 10 mayores refinerías del país. El hito más crítico de esta estrategia se registró este lunes con el bombardeo a la planta de Omsk, una instalación vital ubicada en Siberia —a 2.500 kilómetros de la frontera con Ucrania— que procesa aproximadamente el 7% de la capacidad de refinación nacional.
Debido al bloqueo informativo del Kremlin, que ha dejado de publicar estadísticas oficiales del sector, analistas internacionales calculan de forma indirecta que entre el 20% y el 40% de la capacidad de refinación rusa se encuentra fuera de servicio. Borys Dodonov, especialista de la Kiev School of Economics, detalló que el volumen de refinación de Rusia cayó en junio a un promedio de 4,1 millones de barriles diarios, una cifra un 28% inferior a la media de los últimos cinco años y un 35% por debajo de su capacidad nominal total.
Del estado de emergencia a las disputas en los surtidores
La gravedad del desabastecimiento obligó al presidente Vladimir Putin a reconocer públicamente la situación ante las cámaras de televisión estatal, admitiendo que el país experimenta “algunas carencias” de combustible, aunque intentó matizar el escenario afirmando que los faltantes no revisten un carácter crítico. Sin embargo, las medidas gubernamentales sobre el terreno reflejan una realidad distinta:
- Zonas de exclusión: La península de Crimea, anexionada por Moscú, fue la primera en declarar el estado de emergencia oficial, implementando apagones generalizados y limitando la venta de gasolina exclusivamente mediante cupones electrónicos.
- Restricciones geográficas: Hacia el 8 de julio, la mayoría de las provincias rusas ya aplicaban restricciones locales de suministro. En múltiples regiones se instauró un sistema de carga según la terminación de la matrícula vehicular (días pares o impares).
- Contención social: En provincias del sur, los gobiernos locales desplegaron patrullas de cosacos para contener los altercados y peleas en las gasolineras, mientras que en Siberia las autoridades ordenaron la distribución de comida caliente a los conductores que esperaban en filas de varios días. La tensión ha llevado a arrestos inusuales, como el de un ciudadano en Siberia que utilizó un uniforme policial apócrifo comprado en internet para intentar saltarse el turno de carga.
Consecuencias económicas y herramientas de contención limitadas
Aunque investigadores del Carnegie Russia Eurasia Center señalan que la crisis aún no colapsa el transporte pesado de mercancías de forma generalizada, las señales de alarma ya permean el sector corporativo y los servicios públicos. En la ciudad siberiana de Chita, la empresa concesionaria de recogida de residuos suspendió operaciones por falta de insumos. En paralelo, el ecosistema de taxis, dos aerolíneas regionales y Wildberries —el mayor mercado de comercio electrónico de Rusia— anunciaron incrementos de tarifas y comisiones debido al encarecimiento del transporte.
«Llegan muchos más drones a un mismo blanco que antes y logran atravesar las defensas. Los sistemas que antes funcionaban ya no soportan esa presión: es la nueva normalidad», admitió un alto ejecutivo ruso del sector energético bajo condición de anonimato.
Moscú cuenta con un margen de maniobra estrecho para estabilizar el mercado interno debido a que históricamente produce un volumen de gasolina muy ajustado a su consumo propio y carece de grandes reservas de almacenamiento. Como medidas paliativas de emergencia, el Kremlin autorizó a las refinerías operativas a liberar combustible de menor calidad (menor octanaje) y elevó las importaciones desde Bielorrusia a una cifra récord de 141.000 toneladas de gasolina en junio.
Finalmente, el gobierno central decretó la prohibición absoluta de las exportaciones de diésel con el fin de blindar el suministro de las fuerzas militares en el frente de batalla, cuyos vehículos dependen casi exclusivamente de este carburante, sacrificando los ingresos por exportaciones para sostener las operaciones de guerra.

