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Las grietas del silencio: La tragedia que abrió puertas a la prensa

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Foto; Jorge Parra

Los dos terremotos que sacudieron a Venezuela el 24 de junio no solo fracturaron estructuras y dejaron una estela de destrucción; Sino que, también pusieron a prueba el sistema de control informativo que durante años ha marcado el ejercicio del periodismo en el país. En medio del caos, la presencia masiva de periodistas, corresponsales internacionales, la relativa apertura de zonas afectadas y la ausencia de restricciones visibles en algunos puntos despertaron una pregunta inevitable: ¿Estamos ante un cambio real en la libertad de prensa o simplemente frente a una grieta momentánea en el aparato comunicacional del Estado?.

Por Vanessa Carolina Rodríguez Lupo / MiamiNews24

Desde hace más de una década, el periodismo venezolano ha operado bajo un ecosistema marcado por la censura, la opacidad y la hegemonía comunicacional. Accesos restringidos, zonas prohibidas, información oficial fragmentada y una vigilancia constante han sido parte del paisaje cotidiano para los trabajadores de la prensa. Durante los primeros compases de la catástrofe, la red informativa del Estado intentó aplicar el viejo libreto de control de daños. El Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información (Minci) organizó recorridos fuertemente controlados.

Juan Peraza, videógrafo de Univision, recuerda ese primer día como una escena cuidadosamente montada. “Tratamos de pegarnos a la línea del Minci. Nos llevaron a un lugar sumamente controlado; no se veía parte de la catástrofe, más bien se veía el Estado funcionando”, cuenta. La imagen era casi quirúrgica: funcionarios organizados, maquinaria activa, un país que parecía responder con precisión ante la emergencia.

Pero, esa versión duró poco. La realidad cambió apenas el equipo decidió moverse por su cuenta. “Al día siguiente bajamos por nuestra cuenta, vimos que la catástrofe era 80.000 veces mayor. Ellos trataron de tapar un poco esa realidad; creo que no estaban al tanto del desastre”, añade. Mientras, destaca que en terreno no hubo censura directa: “Abajo nadie nos censuró, ni nos persiguieron ni nos corrieron. No se quejaron de que representamos un medio norteamericano, estuvieron muy abiertos a escucharnos y a que entrevistáramos”, relata Peraza con el tono de quien aún digiere la sorpresa.

La diplomacia del micrófono apagado

Foto: Juan Peraza

Por su parte, Santiago Martínez, corresponsal de Blu Radio Colombia, caminaba por las zonas del desastre con una sensación de extrañeza similar. Acostumbrado a las trabas burocráticas y a la mirada hostil de los funcionarios de uniforme, esta cobertura transcurrió con una fluidez inédita. «Hasta ahora he realizado la cobertura que he querido», confiesa Martínez. «Ninguna autoridad me ha limitado o me ha preguntado más allá de para quién trabajo. No me he sentido censurado en absoluto durante esta emergencia».

No obstante, esta aparente manga ancha oficial esconde matices más complejos. Si bien Martínez pudo desplazarse sin cortapisas físicas, la vieja cultura del secretismo institucional sigue blindada. El libre acceso a las zonas del desastre no se tradujo en acceso a las fuentes oficiales: «Lo que no he logrado es que las autoridades hablen frente al micrófono. Bajo la modalidad de ‘off de record’ son un poco más abiertos, pero de manera oficial el silencio persiste», agregó. Sin embargo, para el periodista colombiano, esta repentina tolerancia con la prensa internacional responde a un cálculo político muy preciso y no a una conversión democrática del régimen.

La llegada masiva de corresponsales internacionales: ¿apertura o necesidad?

Otro elemento llamativo fue el ingreso de numerosos periodistas extranjeros. A diferencia de coberturas anteriores —marcadas por trabas burocráticas, exigencias de visas especiales o restricciones de movilidad— esta vez el acceso fue más fluido.

El corresponsal colombiano lo interpreta como una jugada calculada: “El ingreso de periodistas y medios internacionales fue una decisión política. El gobierno no quiso poner trabas ni pedir visa ni obligar a trámites burocráticos como siempre ocurría”. Sin embargo, advierte que esta permisividad no implica una apertura real: “Eso no frenó la crítica de parte de funcionarios del Gobierno, hablando de matrices mediáticas, laboratorios, palangrismo. No me atrevería a decir que hay una apertura hacia la libertad; creo que el contexto obligó a ceder un poco”.

Por su parte, Peraza coincide en que la presencia internacional fue notoria, pero matiza que «los medios internacionales son los que llevan la noticia adentro y fuera de Venezuela. A diferencia de años anteriores, sí ha habido más accesibilidad y permiso para corresponsales, pero es distinto un corresponsal que viene de afuera a uno que ya vive aquí. A los de Venezuela no nos trata igual”.

Por su parte, Mario Flores, reportero gráfico de Artear, congromerado de noticias argentinas, coincide que «el ingreso de corresponsales internacionales era algo inevitable. Fue una catástrofe inmensa y el hecho de que fuera un doble sismo —algo sumamente atípico— llamó de inmediato la atención del mundo entero. Llegaron reporteros de muchísimos países. Siento que la apertura se tenía que dar sí o sí por la magnitud de la tragedia; tú no puedes simplemente agarrar y cerrarle la puerta a la información en una situación de esta escala».

No obstante, Flores reconoce que la experiencia no fue uniforme para todos los trabajadores de la prensa, aunque matiza los reportes de hostilidad que circularon en plataformas digitales: «Hemos visto en las redes sociales que uno que otro colega tuvo ciertos inconvenientes en el terreno. Sin embargo, también hay que evaluar el contexto de por qué ocurrieron esos roces. Desde mi experiencia personal, yo pude trabajar de manera totalmente normal; hice cámara para un medio internacional, tomé mis fotos, nos identificamos como prensa extranjera y todo el proceso fluyó bien».

De las microondas al «feed» en tiempo real

Más allá de la presencia física de los reporteros en el terreno, el verdadero factor disruptivo en la cobertura de este doble sismo ha sido la inmediatez digital. En esta oportunidad, los periodistas no dependieron exclusivamente del espacio en la parrilla de programación de sus medios tradicionales. Equipados con teléfonos inteligentes, redes sociales y aplicaciones de mensajería, los trabajadores de la prensa se convirtieron en emisores autónomos, capaces de esquivar cualquier intento de control o alcabala informativa en tiempo real.

Hoy, la descentralización de la información ha cambiado las reglas del juego. A través de las cuentas personales y profesionales de los periodistas en plataformas digitales, la información no solo fluyó con una velocidad inédita, sino que sirvió para descentralizar el reporte de daños. Los mismos reporteros utilizaron las redes no para el mero espectáculo, sino como herramientas activas de verificación: desmintieron noticias falsas, geolocalizaron los puntos de mayor vulnerabilidad y canalizaron reportes de ayuda humanitaria y rescate que el propio Estado tardaba en procesar. El periodismo en red demostró que, cuando las comunicaciones oficiales callan o se ralentizan, la información encuentra sus propios caminos para agrietar el silencio.

El 3E, ¿El fin del monopolio del miedo?

El hito político del 3 de enero, marcado por la detención y salida de Nicolás Maduro, sobrevuela cada análisis sobre el ejercicio periodístico actual en Venezuela. La reconfiguración del poder parece haber alterado el clima psicológico en el que operan tanto los reporteros como las fuentes de información.

Martínez percibe que, tras los sucesos del 3E, se respira un ambiente donde existe «menos miedo» para informar y registrar los hechos cotidianos. El corresponsal de Blu Radio atribuye este cambio en gran medida a la influencia y presión ejercida por los Estados Unidos sobre los actores de poder remanentes en Venezuela. No obstante, plantea una interrogante clave para el futuro de la profesión en el país: «¿Será este ambiente sostenible en el tiempo?».

De manera similar, Peraza observa que existe una intención por parte del nuevo ecosistema político de rebajar la intensidad del modelo de censura sistemática que caracterizó a la gestión de Maduro. Pese a notar una mayor apertura, el videógrafo advierte que el cambio estructural es todavía incipiente y que la maquinaria de control estatal no ha sido desmantelada en su totalidad. «Siguen siendo los mismos actores. Puede que haya uno o dos menos porque están presos, pero la misma maquinaria que estaba antes es la que está operando ahorita», advierte Peraza.

¿Un nuevo capítulo para la libertad de prensa?

Cortesia

La cobertura del terremoto funcionó como un laboratorio involuntario para medir el estado actual del periodismo venezolano. Por un lado, hubo más acceso, menos intimidación y una presencia internacional sin precedentes. Por otro, persistieron los intentos de control narrativo, la opacidad institucional y la diferenciación entre prensa extranjera y nacional.

En tal sentido, la pregunta que queda en el aire es si esta apertura parcial es sostenible. La respuesta, por ahora, es incierta. El país atraviesa una reconfiguración política profunda, y los terremotos expusieron tanto la fragilidad de las estructuras físicas como la fragilidad del sistema informativo. La tierra tembló, y con ella tembló también el cerco comunicacional.