Quien camine hoy por Colombia notará que las conversaciones ya no son tranquilas. En las busetas de Barranquilla, en los vagones del Metro de Medellín o compartiendo un tinto al pie de los cerros de Bogotá, el ambiente se siente pesado, cargado de una expectativa que raya en la angustia. A solo unos días de la primera vuelta presidencial, el país no padece una simple fiebre electoral; sufre una profunda fatiga emocional. Los colombianos no van a ir a las urnas impulsados por un idilio de esperanza hacia un mesías; van a ir, en su gran mayoría, movilizados por el rechazo. A defenderse de lo que les asusta.
Por: Vanessa Carolina Rodriguez Lupo
Las encuestas más recientes de firmas como Invamer y Guarumo, más allá de la frialdad de sus decimales, lo que retratan es un país fracturado exactamente a la mitad. Un 48.4% de la gente declara su intención de votar por quien sea con tal de hacer oposición al proyecto actual, mientras un 47.9% se atrinchera en el bando oficialista. Es una simetría dolorosa. Colombia se mira en el espejo de su tarjetón y no ve un camino claro, sino un abismo de incertidumbres donde cada mitad de la población le teme con el alma a la realidad de la otra.
Las dos Colombias que no se escuchan

Por un lado, el senador Iván Cepeda, cargando a hombros las banderas del Pacto Histórico, congrega un fervor que se siente en las juventudes universitarias y en las comunidades de los litorales Pacífico y Caribe. Para este sector, que las encuestas sitúan sobre el 33% y el 37%, el voto por Cepeda es un escudo defensivo. Es el miedo visceral a retroceder, a que el regreso de la derecha signifique el desmantelamiento de los subsidios, el fin de los programas de tierras y el regreso al viejo país de las élites. Sus seguidores escuchan las promesas de justicia social y paz territorial como un salvavidas moral en un mar de olvido histórico.
Pero al cruzar la calle, el sentimiento cambia drásticamente de color. El meteórico y ruidoso ascenso del abogado Abelardo de la Espriella, que ya cabalga sobre el 30% de la intención de voto devorándose los caudales de la derecha tradicional de Paloma Valencia, no es un accidente. Es el grito desesperado de una clase media urbana y un sector rural que se sienten desprotegidos. En los hogares colombianos hay un clamor abrumador por el orden. El cansancio de ver el deterioro de la seguridad, la extorsión en el comercio local y la sensación de que la «Paz Total» terminó siendo una ventaja para la delincuencia, ha empujado a millones a abrazar la retórica tajante, de mano dura y sin anestesia que propone el abogado. La gente está dispuesta a sacrificar matices con tal de volver a caminar sin el peso del miedo.
La orfandad del centro y el dolor de la incertidumbre
En medio de este choque de trenes, los analistas políticos e institutos como la Fundación Paz y Reconciliación (Pares) constatan una realidad amarga: el centro político ha quedado desierto. Nombres que en otros tiempos encarnaban la esperanza de la moderación, como Claudia López o Sergio Fajardo, hoy deambulan rezagados en el fondo de las gráficas, arañando un tímido 2%. La explicación que dan los expertos es humana, no matemática: cuando una sociedad se siente en peligro, la moderación se interpreta como debilidad o indiferencia. El electorado colombiano, herido y desconfiado, prefiere la seguridad de los extremos.
Quizás el dato más revelador del verdadero estado de ánimo del país sea el elevado porcentaje de indecisos y de personas que confiesan que votarán en blanco, una cifra que en algunos escenarios de balotaje roza el 14% y el 16%. No es apatía; es desilusión. Son millones de colombianos que sienten que están siendo obligados a elegir entre el fuego y la sartén, atrapados en una gritería política donde los candidatos se dedican a destrozar al rival en lugar de proponer un horizonte común. «Vamos ciegos», repiten muchos ciudadanos en las calles, abrumados por campañas que se alimentan de la ira digital y los sesgos cognitivos.
El día después del veredicto
Al caer la tarde previa a las votaciones, Colombia contenerá el aliento. En las plazas de mercado y en las salas de las casas se sabe que el verdadero desafío del próximo habitante de la Casa de Nariño no será conseguir los votos para ganar un domingo de mayo o junio. El verdadero calvario será gobernar a una sociedad con el tejido social agrietado, desconfiada de sus instituciones y profundamente asustada de su vecino.
La moneda sigue en el aire, pero juegue como juegue la política su partida de ajedrez, el veredicto de la calle ya está dictado: los colombianos irán a las urnas con el tarjetón en la mano, las venas abiertas y la mirada fija en el horizonte, esperando que el lunes por la mañana el país que aman no se haya terminado de romper.
